Ciudades y Viajes

Un blog sobre turismo, gastronomía y relax.

Si Cascais y Estoril son el lugar que la familia real portuguesa y la gente de postín que visitaba Lisboa escogía para celebrar sus fiestas, amarrar sus barcos y apostar su dinero, la cercana Sintra era su refugio para pasear en calma, curar (¿o alimentar?) melancolías y dar rienda suelta a cualquier impulso lánguido o romántico que pudiera acaecerles.

Al margen de la playa y los brillos, Sintra mantiene un aire encantador y misterioso que no puede dejar indiferente a ninguno de sus visitantes. Sería el Versalles portugués, de no ser porque ni los portugueses gustan de la remilgada decoración francesa, ni los franceses pueden comprender adjetivos como saudade (nostalgia, más o menos) o viçosa (exuberante, más o menos).

duck pond

Ojo, que esto es el estanque de los patos

Sintra no fue declarado Paisaje Cultural de la Unesco en 1995 sin ton ni son; reúne una impresionante colección de monumentos, desde el Castelo dos Mouros al propio trazado urbano de la villa, y algunos son realmente piezas arquitectónicas únicas (estoy pensando en el Palácio da Pena). Otros, como el Convento dos Capuchos o la Quinta da Regaleira, son muestras de una delicada y comprometida espiritualidad o de un gusto por lo recargado y lo esotérico.

Sintra transmite un encanto sutil y relativamente poco conocido

Pero no son los monumentos individualmente hablando los que dan a Sintra su encanto realmente difícil de igualar. Es el conjunto de formas caprichosas, vegetación omnipresente, microclima suave y cuidadosa conservación y rehabilitación lo que ha creado una atmósfera única, arrebatadora, fascinante, encantadora… Se me acaban los adjetivos antes de poder expresar el atractivo de sus calles y colinas.

En este extremo del mundo, que también lo es aunque de forma humilde, sin darse importancia ni llamarse Finibusterre, se juntan una gran carga de buen gusto y falta de complejos decimonónico con buenas dosis de suspiros melancólicos acumulados durante generaciones, misterio y melancolía y elegancia a partes iguales, tan sutiles que no es fácil verlos entre las estridencias más evidentes.

Supongo que te tiene que gustar Portugal para que te apasione Sintra, pues es un buen exponente, pese a su singularidad, del carácter y la forma de pensar lusa, me parece. No al gran plan coherente, sí a la primorosa acumulación de improvisaciones. Sí a lo extraño o a lo estrambótico, no y mil veces no a lo pretencioso. Acompañan sus platos con arroz blanco; no es más que arroz, pero está tan bueno…

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