Europeas, cercanas y casi desconocidas

Siempre tenemos la costumbre de hacer listas de las ciudades que debemos visitar antes de morir, de las ciudades más bonitas, de las ciudades más populares, de las ciudades con importancia internacional e influyentes… pero nunca se nos ocurre hacer una de aquellas que aun estando cerca, en Europa, son poco visitadas y poco buscadas en Internet.

Necesitaríamos cien vidas para poder conocer todos los rincones preciosos que nos ofrece el planeta, para visitar lugares con energías especiales, para ver mil amaneceres, es imposible llegar a todo el mundo en una sola vida. Y realmente es una pena, a aquellos que nos encanta viajar nos debería ofrecer una vida extra para poder disfrutar de esa afición.

Quizás algún día, cuando la ciencia avance de manera increíble, podamos transportarnos a lugares conocidos, desconocidos, remotos, escondidos, secretos, lejanos, cercanos, naturales, artificiales… Pero hasta que eso ocurra, tendremos que conformarnos con llegar a aquellos destinos que podamos disfrutar en una sola vida.

Nos vamos a Skopje

Es la ciudad europea menos visitada. Para los que anden un poco perdidos, Skopje es la capital de Macedonia. Si os gusta la diversidad de culturas y ver cómo han dejado su huella en el país, esta ciudad os encantará. Por ella han pasado diversos pueblos y formas de ver la vida. Todavía se conservan restos romanos, bizantinos y la fortificación Kale.

Visita a Minsk

Minsk es la capital de Bielorrusia. Este país es muy famoso en el mundo del deporte y en concreto en la gimnasia artística femenina. La huella de la antigua Unión Soviética se hace notar en su arquitectura y en sus calles. Si quieres disfrutar de la hospitalidad de las personas, aquí te sentirás como en casa. Además sus limpias calles y sus preciosos parques te invitarán a callejear y conocer la ciudad.

¿Conoces Podgorita?

Casi con toda probabilidad, no os sonará demasiado. Esta ciudad se encuentra en Montenegro, de hecho es el centro de multitud de sedes culturales de este país. Si te gustan los museos, puedes encontrar una gran oferta. Uno de sus puntos fuertes son los teatros, allí se encuentran el Teatro Nacional, el Teatro Infantil y el Teatro de Marionetas.

Tirana, un gran centro cultural

Si os gusta la cultura esta es una opción de viaje. La capital de Albania tiene 8 bibliotecas públicas, 56 monumentos de interés y 5 museos. Todos los monumentos se localizan entorno a la plaza de Skanderbeg, que es el nombre de su héroe nacional.

Sintra, el refugio de los reyes a un paso de Lisboa

Si Cascais y Estoril son el lugar que la familia real portuguesa y la gente de postín que visitaba Lisboa escogía para celebrar sus fiestas, amarrar sus barcos y apostar su dinero, la cercana Sintra era su refugio para pasear en calma, curar (¿o alimentar?) melancolías y dar rienda suelta a cualquier impulso lánguido o romántico que pudiera acaecerles.

Al margen de la playa y los brillos, Sintra mantiene un aire encantador y misterioso que no puede dejar indiferente a ninguno de sus visitantes. Sería el Versalles portugués, de no ser porque ni los portugueses gustan de la remilgada decoración francesa, ni los franceses pueden comprender adjetivos como saudade (nostalgia, más o menos) o viçosa (exuberante, más o menos).

Sintra no fue declarado Paisaje Cultural de la Unesco en 1995 sin ton ni son; reúne una impresionante colección de monumentos, desde el Castelo dos Mouros al propio trazado urbano de la villa, y algunos son realmente piezas arquitectónicas únicas (estoy pensando en el Palácio da Pena). Otros, como el Convento dos Capuchos o la Quinta da Regaleira, son muestras de una delicada y comprometida espiritualidad o de un gusto por lo recargado y lo esotérico.

Sintra transmite un encanto sutil y relativamente poco conocido

Pero no son los monumentos individualmente hablando los que dan a Sintra su encanto realmente difícil de igualar. Es el conjunto de formas caprichosas, vegetación omnipresente, microclima suave y cuidadosa conservación y rehabilitación lo que ha creado una atmósfera única, arrebatadora, fascinante, encantadora… Se me acaban los adjetivos antes de poder expresar el atractivo de sus calles y colinas.

En este extremo del mundo, que también lo es aunque de forma humilde, sin darse importancia ni llamarse Finibusterre, se juntan una gran carga de buen gusto y falta de complejos decimonónico con buenas dosis de suspiros melancólicos acumulados durante generaciones, misterio y melancolía y elegancia a partes iguales, tan sutiles que no es fácil verlos entre las estridencias más evidentes.

Supongo que te tiene que gustar Portugal para que te apasione Sintra, pues es un buen exponente, pese a su singularidad, del carácter y la forma de pensar lusa, me parece. No al gran plan coherente, sí a la primorosa acumulación de improvisaciones. Sí a lo extraño o a lo estrambótico, no y mil veces no a lo pretencioso. Acompañan sus platos con arroz blanco; no es más que arroz, pero está tan bueno…

Soñar en Roma

Cuando viajo, me gusta soñar. Me emociona meterme, como dice Joaquín Sabina, en el traje y la piel de todos los hombres que nunca seré. Me encanta pensar que sé lo que sentiría Atila al hollar las tierras alrededor de Constantinopla; el peso del sol y el mordisco del frío que el Cid   habría sufrido cabalgando por tierras castellanas o la emoción de Julio César al declarar que la suerte estaba echada y convertir en Rubicón en Historia gloriosa cuando sólo era discreta geografía.

Y hablando de romanos y de Roma, no es preciso dormir en la Ciudad Eterna para soñar. Porque es a eso a lo que te invita cada rincón de la capital de Italia. Es difícil visitar el Foro romano y no dejar vagar la imaginación a la vez que lo hace la mirada, pensar cómo se regía un caos como lo era la Urbe, capaz a su vez de ordenar y conducir con mano de hierro a casi todo el mundo conocido.

Hablando de la Roma Antigua, emociona pensar qué sentirían los condenados (cristianos o paganos) que entregaban sus vidas para que los romanos tuvieran su ración de circo. Y sobrecoge reflexionar sobre qué sentiría un espectador del Coliseo o de cualquier otro circo… ¿Sed de sangre? ¿Asco? ¿Miedo?… En este caso, creo que no puedo meterme en la piel del que sale con ella intacta…

Roma: el material del que está hecha el alma

Ciertamente, son cientos las ciudades que tengo en mi lista de espera, y casi todas europeas, dado que lo que desciendo y soy en un porcentaje muy alto lo que su Historia ha hecho que sea. Tal vez por eso, además de tener sangre árabe (siete siglos en la Península hacen que quien se crea “Cristiano viejo” sea más bien un iluso), pero aquella que, como decía Cervantes de Salamanca “Enhechiza la voluntad de volver a ella a todos los que de la apacibilidad de su vivienda han gustado” es Roma.

Ocurre que, al igual que en el caso de la ciudad universitaria española, es posible que hace siglos se pudiera hablar de la apacibilidad de su vivienda, pero hoy por hoy, salvo en determinadas zonas, el bullicio es el que se ha hecho dueño de la mayoría de las sensaciones, de modo que es difícil extasiarse ante la fontana de Trevi o visitar la Capilla Sixtina sin oír exclamaciones de admiración en al menos una docena de idiomas a la vez.

Claro que ese es un peaje muy pequeño si pensamos que estamos viendo el arte, reflejo de una Historia que es, a su vez, material de una cultura que refleja nuestra alma.